Cuando me diagnosticaron TDAH a los cincuenta y tantos, lo primero que sentí no fue alivio. Fue rabia. Una rabia sorda, antigua, que venía de muy lejos.
Porque mirando atrás, las pistas estaban en todas partes.
Las pistas
Estaban en la niña que no paraba quieta pero sacaba buenas notas «cuando se esforzaba». En la adolescente que perdía las llaves, los deberes, el hilo de las conversaciones. En la adulta que cambiaba de trabajo, de proyecto, de hobby, buscando algo que nunca encontraba.
Estaban en la ansiedad que no era ansiedad. En el insomnio que no era insomnio. En el cansancio que no era pereza.
Por qué nadie lo vio
Nadie lo vio porque era niña. Porque sacaba buenas notas. Porque no era «hiperactiva» — era «intensa». Porque las niñas con TDAH no dan problemas en clase. Los dan en casa, cuando la máscara se cae y ya no queda energía para fingir.
Nadie lo vio porque en los años setenta, ochenta, noventa, el TDAH era «cosa de niños». De niños varones que se subían a las mesas. No de niñas que se perdían dentro de su propia cabeza.
Ahora
Ahora tengo un nombre para todo aquello. No cambia el pasado, pero cambia cómo miro el presente. Y sobre todo, cambia lo que construyo hacia adelante.
